
Tecnología modular reduce cuellos de botella en la red eléctrica británica y evita emisiones al sustituir plantas de gas.
- Cuellos de botella eléctricos.
- Viento desaprovechado.
- Soluciones rápidas, bajo coste.
- Electrónica en lugar de hormigón.
- Más renovables, sin nuevas líneas.
Tecnología puente para desbloquear la red eléctrica
Durante años, la red eléctrica del Reino Unido ha funcionado al límite. No por falta de energía limpia, sino por incapacidad para moverla a donde se necesita. En el norte, los parques eólicos escoceses han duplicado su producción en la última década. En el sur, donde se concentra la demanda, la electrificación del transporte, la calefacción y los centros de datos empuja el consumo al alza. Entre ambos puntos, una red pensada para otro tiempo.
La consecuencia es un flujo desequilibrado que satura los corredores de transmisión entre Escocia y el sur de Inglaterra. Las nuevas líneas están en proyecto, sí, pero llegarán tarde. Entre permisos, oposición local y obras, el horizonte realista se mueve entre tres y cuatro años, como mínimo. Mientras tanto, el sistema pierde eficiencia… y dinero.

En paralelo, el Gobierno británico ha fijado una hoja de ruta clara: más eólica y menos combustibles fósiles antes de 2030. No solo por clima, también por seguridad energética. El gas, gran parte importado por gasoductos submarinos, es vulnerable. La electricidad renovable local, no.
Congestión: cuando la red frena la transición
El problema no es nuevo, pero se ha vuelto estructural. Cuando la red se congestiona, los operadores deben limitar la producción renovable para evitar sobrecargas y mantener la estabilidad. Eso implica dos costes ocultos pero reales: compensar a los parques eólicos por no producir y arrancar centrales de gas en el sur para cubrir la demanda.
Solo en 2024, este mecanismo costó a los consumidores británicos 196 millones de libras, sin contar las emisiones asociadas al gas quemado innecesariamente. Energía limpia disponible, pero atrapada.
Ante esta urgencia, los operadores de red han optado por una vía pragmática: exprimir al máximo la infraestructura existente mediante tecnologías digitales y electrónica de potencia. Son las llamadas grid-enhancing technologies (GETs), tecnologías de mejora de red.
No sustituyen a las nuevas líneas. Pero ganan tiempo. Y mucho.
Cómo se está gestionando la congestión de la red
El Reino Unido se ha convertido en un laboratorio real para estas soluciones. Una de las más avanzadas son los controladores electrónicos de flujo, conocidos comercialmente como SmartValves. Su función es simple en concepto, sofisticada en ejecución: redirigir la electricidad desde líneas saturadas hacia otras con margen, en cuestión de milisegundos.
Instalados por primera vez hace cuatro años en el norte de Inglaterra, estos dispositivos han demostrado algo clave: pueden liberar suficiente capacidad como para sustituir una central de gas completa en momentos críticos. No generan energía, pero permiten que la renovable llegue a destino.
A ellos se suman otras herramientas:
- Conductores avanzados, capaces de transportar más corriente sin necesidad de nuevas torres.
- Dynamic Line Rating, sensores y modelos que ajustan la capacidad de las líneas en función del clima real, no de supuestos conservadores. Frío y viento significan más margen.
- Software de optimización topológica, que reconfigura rutas eléctricas para aliviar puntos calientes.
Europa lidera este enfoque. Estados Unidos empieza a despertar. El Reino Unido, empujado por la urgencia, va un paso por delante.
Penwortham: una subestación como banco de pruebas
La subestación de Penwortham, cerca de Preston, es hoy uno de los nodos más observados del sistema eléctrico británico. No por su tamaño, sino por su ubicación: justo al norte del mayor cuello de botella del país, conocido como Boundary B7a.
Por este punto deberían circular hasta 13,6 gigavatios. En la práctica, se opera varios gigavatios por debajo por razones de seguridad. Cualquier fallo doble podría provocar sobrecargas en cascada.
Aquí entran en juego los SmartValves. Su papel principal es actuar como red de seguridad. Si una línea de 400 kV cae repentinamente en un día de fuerte viento, estos dispositivos añaden impedancia a líneas más débiles y empujan la energía hacia rutas más robustas. Resultado: se evita el apagón y se puede programar 350 megavatios adicionales de eólica de forma segura.
En números simples, pero contundentes: menos recortes de viento y menos gas encendido. El ahorro anual estimado supera los 100 millones de libras, con periodos de retorno de apenas unos años. En el mundo de las infraestructuras eléctricas, eso es casi inmediato.
De transformadores gigantes a electrónica modular
Antes de los SmartValves, Penwortham ya contaba con transformadores desfasadores de fase, una tecnología analógica potente pero lenta y voluminosa. Cada ajuste podía tardar más de diez minutos. Los nuevos dispositivos hacen lo mismo en milisegundos, ocupando una cuarta parte del espacio y sin partes móviles.
La clave está en la electrónica de potencia, heredera directa de décadas de desarrollo en transmisión en corriente continua (HVDC). Mediante condensadores y transistores de alta velocidad, los SmartValves sintetizan ondas eléctricas que imitan o compensan la impedancia natural de las líneas. Así controlan el flujo sin tocar físicamente la red.
Además, son modulares y reubicables. Si el cuello de botella se desplaza, la tecnología se mueve con él. Una flexibilidad impensable en infraestructuras tradicionales.
Exprimir la red… con cautela
A pesar de los resultados, los operadores avanzan con prudencia. No por falta de ambición, sino por respeto al sistema. Una red eléctrica es un ecosistema complejo. Dispositivos que reaccionan en milisegundos pueden interactuar entre sí de formas no previstas.
Todavía se investiga cómo coordinar múltiples controladores sin que entren en bucles de retroalimentación. También cómo integrar estas respuestas rápidas en salas de control donde las decisiones humanas siguen marcando el ritmo.
Hoy, por ejemplo, los datos de capacidad dinámica podrían actualizarse cada 15 minutos, pero se aplican cada 24 horas. Los SmartValves podrían actuar automáticamente, pero se activan de forma manual y aislada. Hay margen. Mucho.
Los modelos indican que operar dispositivos en pareja podría liberar 250 a 300 megavatios adicionales solo en el corredor B7a. Y más al sur, otros límites ya empiezan a tensarse. La transición energética avanza, y la red debe acompañarla.
Qué impacto puede tener
El efecto ambiental de estas tecnologías no es abstracto. Es directo. Cada megavatio de eólica que no se recorta es gas que no se quema. Emisiones evitadas. Menos dependencia exterior. Menor factura energética.
Además, al retrasar o reducir la necesidad de nuevas líneas, se minimiza el impacto sobre paisajes, biodiversidad y comunidades locales. No es eliminar el problema, pero sí gestionarlo con inteligencia mientras llegan las soluciones estructurales.
También hay un efecto sistémico: redes más flexibles permiten integrar más renovables variables sin recurrir a respaldo fósil constante. Eso acelera la descarbonización real, no solo sobre el papel.
Más información: National Grid y Smart Wires buscan reducir los cuellos de botella de la red con una herramienta de software innovadora | Cuadrícula Nacional



Dannier dice
me gustaría aprender más y si es posible trabajar para ustedes