
Científicos de la UNESP descubren que pequeñas dosis de sosa cáustica mejoran hasta 2,5 veces el biogás de residuos de banana.
🍌 Cáscaras y plátanos descartados como materia prima energética.
⚗️ Apenas 0,2-0,4 % de sosa cáustica en el pretratamiento.
🔥 Hasta 2.471 ml de metano por litro de reactor.
📈 Mayor velocidad de producción con solo 0,2 % de NaOH.
🦠 Menos producto químico, mejores condiciones para los microorganismos.
♻️ Residuos agroalimentarios convertidos en energía renovable.
🏭 Una vía interesante para mercados, centrales hortofrutícolas e industrias de procesado.
Pequeñas dosis de sosa cáustica disparan el potencial del residuo de plátano para producir biogás
¿Por qué importa?
Buena parte del potencial energético de los residuos vegetales queda atrapado dentro de estructuras que los microorganismos tienen dificultades para degradar. Investigadores de la Universidad Estatal Paulista (UNESP), en Brasil, han comprobado que un pretratamiento muy suave con hidróxido de sodio puede facilitar ese trabajo y aumentar la producción de metano. Lo interesante está en la dosis: añadir más producto químico no mejora necesariamente el proceso. Las concentraciones más bajas ensayadas ofrecieron algunos de los mejores resultados, reduciendo al mismo tiempo consumo de reactivos y posibles efectos inhibidores sobre los microorganismos.
De residuo difícil de aprovechar a combustible renovable
Una cáscara de plátano parece un material fácilmente degradable. A escala microbiológica, la situación es bastante más complicada.
Los residuos de esta fruta contienen abundante materia orgánica, pero una parte importante está protegida por una estructura vegetal formada por celulosa, hemicelulosa y lignina. Esta matriz lignocelulósica funciona como una barrera que dificulta que los microorganismos responsables de la digestión anaerobia lleguen rápidamente a los compuestos que pueden transformar.
Ahí aparece uno de los grandes retos de producir biogás a partir de residuos agrícolas: tener mucha materia orgánica disponible no garantiza que pueda aprovecharse de forma eficiente.
El equipo brasileño estudió precisamente cómo abrir parcialmente esa estructura sin recurrir a tratamientos químicos excesivos. Para ello utilizó residuos de plátano procedentes de mercados mayoristas, incluyendo cáscaras y partes de la fruta descartadas para la venta.
La estrategia elegida fue un pretratamiento termoalcalino, combinando temperatura e hidróxido de sodio, conocido habitualmente como sosa cáustica.
El experimento que demuestra que más no siempre significa mejor
Los investigadores probaron concentraciones de NaOH del 0,2 %, 0,4 %, 0,5 %, 1 %, 2 % y 3 %, además de trabajar con residuos sin tratar como referencia.
El pretratamiento se realizó a 100 °C durante una hora. Posteriormente, el material fue utilizado en reactores anaerobios operados durante 15 días a 37 °C.
La finalidad del tratamiento alcalino no consiste en destruir completamente la biomasa. Busca algo bastante más preciso: alterar parcialmente la matriz lignocelulósica para facilitar el acceso microbiano a los carbohidratos.
Y ahí apareció el resultado más interesante.
La concentración más baja ensayada, 0,2 % de NaOH, produjo la mayor liberación de carbohidratos: 12.110 mg/l, frente a 4.785 mg/l en el residuo que no recibió pretratamiento.
Es decir, una cantidad muy pequeña de reactivo consiguió hacer mucho más accesible la materia orgánica.
Con un 0,4 % se consiguió la mayor producción acumulada de metano
La respuesta del reactor, sin embargo, ofrece un matiz importante.
El tratamiento con 0,2 % de NaOH alcanzó la mayor velocidad máxima de producción de metano, con 525,21 ml de CH₄ por litro de reactor y día.
Cuando la concentración aumentó ligeramente hasta el 0,4 %, se obtuvo la mayor producción acumulada de metano: 2.471 ml de CH₄ por litro de reactor durante el ensayo.
El residuo sin pretratar quedó en 1.547 ml/l.
La diferencia entre ambos resultados es relevante para trasladar el proceso a una instalación real. Una planta puede necesitar maximizar la cantidad total de gas obtenida o priorizar una digestión más rápida. El punto óptimo dependerá de cómo esté diseñada y operada cada instalación.
Precisamente por eso el estudio resulta más interesante que una simple comparación de rendimientos. No existe una dosis universal de producto químico que resuelva el problema. Hay un equilibrio entre accesibilidad de la biomasa, velocidad de degradación, producción final de metano y salud de la comunidad microbiana.
Demasiada sosa puede acabar jugando en contra
A primera vista podría parecer lógico pensar que una mayor concentración de NaOH rompería mejor las fibras vegetales y produciría todavía más biogás.
Los experimentos mostraron que esa relación no funciona así.
Cuando el tratamiento alcalino se vuelve demasiado intenso pueden aparecer degradación innecesaria del sustrato, mayor consumo químico y condiciones menos favorables para los microorganismos metanogénicos.
Hay además una consecuencia económica evidente. Utilizar menos NaOH significa comprar, almacenar y manipular menos producto químico. También puede simplificar el tratamiento posterior de los efluentes.
En una planta industrial, estas diferencias importan. Mucho.
El rendimiento energético por sí solo no determina si una tecnología de valorización de residuos funciona económicamente. También cuentan el consumo térmico del pretratamiento, los reactivos utilizados, la neutralización del material, la gestión del digestato, el tamaño de los reactores y los tiempos de operación.
El hallazgo apunta precisamente hacia una combinación atractiva: obtener una mejora significativa utilizando concentraciones químicas muy reducidas.
El verdadero motor del proceso está vivo
Dentro de un digestor anaerobio no ocurre una única reacción. Existe una cadena de procesos biológicos en la que diferentes comunidades microbianas se reparten el trabajo.
Primero se fragmentan moléculas complejas. Después aparecen compuestos más sencillos y ácidos orgánicos. Finalmente entran en juego las arqueas metanogénicas, responsables de generar buena parte del metano que proporciona al biogás su valor energético.
Los investigadores analizaron la comunidad microbiana del reactor tratado con 0,4 % de NaOH, precisamente la condición que produjo la mayor cantidad acumulada de metano.
Entre las bacterias aparecieron principalmente microorganismos de los géneros Paraclostridium y Clostridium. Entre las arqueas destacaron Methanothrix y Methanoregula.
Al final del ensayo, Methanothrix representaba aproximadamente el 51 % de las arqueas identificadas y Methanoregula alrededor del 45 %.
Estos cambios sugieren que las rutas utilizadas para producir metano pueden evolucionar a medida que avanza la digestión. Conocerlas abre una puerta especialmente interesante: optimizar los biodigestores atendiendo también a su microbiología, no únicamente a parámetros físicos y químicos.
Conviene mantener cierta prudencia. El análisis metagenómico detallado se realizó sobre la condición del 0,4 % de NaOH, por lo que los propios investigadores advierten que no permite atribuir directamente determinados cambios microbianos a cada una de las concentraciones ensayadas.
Casi todos los azúcares desaparecieron, pero no todos acabaron convertidos en metano
Otro resultado ayuda a comprender por qué optimizar un biodigestor resulta más complejo de lo que parece.
La eliminación de carbohidratos superó el 98 % en todos los ensayos. Sin embargo, la eliminación de la demanda química de oxígeno presentó diferencias mucho mayores, aproximadamente entre el 71,58 % y el 94,54 %.
Eso significa que consumir los carbohidratos disponibles no equivale automáticamente a convertir toda esa materia en metano.
Parte del carbono puede seguir otras rutas metabólicas y terminar temporalmente en compuestos intermedios, incluidos ácidos grasos volátiles como acetato, propionato o butirato. Si estos compuestos se producen más deprisa de lo que los microorganismos metanogénicos pueden procesarlos, la producción de metano deja de crecer en la misma proporción.
Para una planta comercial, esta cuestión es fundamental. La eficiencia de eliminación de materia orgánica no debe confundirse con rendimiento energético.
Un problema agrícola convertido en materia prima
El interés del trabajo va más allá del plátano.
Frutas dañadas durante el transporte, piezas fuera de calibre, cáscaras, pulpas, restos de procesado y aguas residuales con elevada carga orgánica forman parte de un flujo continuo de materiales en las cadenas agroalimentarias.
Cuando estos residuos no encuentran una salida útil, gestionarlos tiene un coste y puede generar impactos ambientales. La digestión anaerobia permite cambiar el enfoque: el residuo deja de verse exclusivamente como algo que eliminar y empieza a tratarse como una materia prima energética.
El grupo de la UNESP trabaja también con residuos de naranja y guayaba, aguas procedentes del procesado de frutas y diferentes estrategias de codigestión.
Esta última opción tiene especial interés para instalaciones reales.
Mezclar residuos puede ser incluso más interesante
La codigestión anaerobia combina diferentes corrientes orgánicas dentro del mismo reactor. En lugar de alimentar una planta exclusivamente con cáscaras de plátano, por ejemplo, pueden incorporarse otros residuos compatibles.
La mezcla adecuada puede mejorar el equilibrio de nutrientes, estabilizar determinados parámetros del proceso y aprovechar instalaciones que reciben residuos cuya composición cambia durante el año.
Ese enfoque encaja especialmente bien en cooperativas agrícolas, mercados centrales, industrias de zumos, plantas de procesado de frutas y grandes centros de distribución alimentaria, donde pueden concentrarse distintas corrientes orgánicas en un mismo emplazamiento.
También permite responder a un problema habitual en el sector agrícola: la estacionalidad. Una instalación diseñada alrededor de un único cultivo puede quedarse con poca materia prima durante parte del año. Trabajar con varias corrientes reduce esa dependencia.
Del biogás al biometano
El gas obtenido directamente de un digestor contiene principalmente metano y dióxido de carbono, además de cantidades menores de otros compuestos.
Puede utilizarse para generar electricidad y calor mediante cogeneración, especialmente cuando existe demanda térmica cerca de la planta. Otra posibilidad consiste en depurarlo hasta obtener biometano, elevando su concentración de metano y retirando componentes no deseados.
Ese combustible renovable puede emplearse en aplicaciones donde sustituya al gas fósil, dependiendo de las infraestructuras y de la regulación de cada país.
Aquí los residuos agroindustriales presentan una ventaja importante: el carbono utilizado ya pertenece al ciclo biológico reciente, en contraste con el carbono fósil extraído del subsuelo.
Aun así, el balance climático final depende de toda la cadena. El consumo energético del pretratamiento, el origen de esa energía, el transporte de la biomasa y, especialmente, las posibles fugas de metano pueden cambiar considerablemente el resultado.
De un reactor de laboratorio a una planta industrial hay camino por recorrer
Los resultados son prometedores, aunque todavía proceden de reactores discontinuos de laboratorio de 1 litro, con un volumen operativo de 500 ml y condiciones cuidadosamente controladas.
Una planta agroindustrial trabaja de otra manera. Recibe toneladas de materiales heterogéneos, con diferente humedad, composición y estado de conservación. La temperatura exterior cambia, la alimentación puede ser continua y la comunidad microbiana debe mantenerse estable durante meses o años.
Por eso, el siguiente paso relevante será comprobar si esas bajas concentraciones de NaOH mantienen sus ventajas en reactores piloto y posteriormente a escala industrial.
También será necesario comparar el balance completo: energía adicional producida frente a energía utilizada para calentar el residuo, coste del NaOH, neutralización, mantenimiento, tratamiento del digestato y posibles ahorros derivados de evitar otras formas de gestión.
El objetivo no debería ser producir la mayor cantidad posible de metano a cualquier precio. Debe obtenerse más energía útil con el menor consumo de recursos y el menor impacto ambiental posible.

Una pequeña dosis puede cambiar la economía del proceso
Ese quizá sea el aspecto más aprovechable del estudio.
Las tecnologías de valorización de residuos suelen enfrentarse a una dificultad recurrente: un tratamiento puede funcionar estupendamente en laboratorio y dejar de ser atractivo cuando se suman reactivos, energía y equipos adicionales.
Trabajar con concentraciones de NaOH del 0,2-0,4 % cambia bastante esa ecuación frente a tratamientos alcalinos mucho más intensivos.
Además, la investigación aporta información microbiológica que podría permitir ajustes más finos. En el futuro, una instalación podría optimizar conjuntamente temperatura, concentración del pretratamiento, tiempo de residencia, mezcla de residuos y comunidad microbiana.
Ahí empieza a aparecer una biorefinería más sofisticada que un simple biodigestor.
El propio grupo brasileño investiga cómo orientar sistemas similares hacia otros productos, incluido el biohidrógeno. Esto plantea una evolución interesante: instalaciones capaces de obtener distintos vectores energéticos y productos de valor a partir de residuos que actualmente representan un coste.
Vía FAPESP
Más información: Larissa Ayumi Yamamoto et al, Agroindustrial Banana Wastes Applied in Biogas Production: Evaluation of Thermal Pretreatment on Alkaline Hydrolysis, BioEnergy Research (2026). DOI: 10.1007/s12155-026-11024-0

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