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Investigadores canadienses desarrollan un recubrimiento comestible de algas que mantiene frescas las fresas cuatro días sin refrigeración

8 agosto, 2026 Deja un comentario

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Nuevo recubrimiento prolonga la frescura de las fresas y reduce un 14% la huella de carbono frente a refrigerarlas.

  • 🍓 Fresas frescas durante al menos 4 días a temperatura ambiente.
  • 🌿 Recubrimiento comestible elaborado principalmente con agar de algas rojas.
  • 💧 Menos de la mitad de pérdida de agua frente a fresas sin tratar.
  • ❄️ Menor dependencia de refrigeración durante almacenamiento y transporte.
  • 🌍 Huella de carbono un 14 % inferior frente al escenario de refrigeración analizado.
  • 🦠 Propiedades antibacterianas y ausencia de toxicidad en las pruebas realizadas.
  • 🍇 Resultados positivos también en uvas y manzana cortada.

Un recubrimiento comestible de algas mantiene las fresas frescas durante días a temperatura ambiente

¿Por qué importa?

Una fresa estropeada representa bastante más que una pieza de fruta perdida. Detrás quedan agua de riego, fertilizantes, suelo agrícola, combustible, electricidad, transporte, refrigeración y trabajo que ya no cumplen ninguna función alimentaria.

Por eso resulta especialmente interesante una tecnología desarrollada por investigadores de la Universidad de Columbia Británica (UBC), en Canadá. El equipo ha creado un recubrimiento comestible derivado de algas que consigue prolongar la conservación de frutas muy perecederas y, en determinadas condiciones, reducir la necesidad de mantenerlas permanentemente refrigeradas.

No pretende sustituir de golpe a toda la cadena de frío. Su interés está en otro punto: conseguir que los alimentos sean menos vulnerables durante esas horas o días en los que temperatura, humedad y transporte aceleran su deterioro.

Una fina barrera invisible hecha a partir de algas

El ingrediente principal es el agar, un material obtenido de determinadas algas rojas y ampliamente conocido por la industria alimentaria. Se utiliza desde hace décadas como gelificante y espesante, además de servir como alternativa vegetal a la gelatina en numerosos productos.

El equipo de UBC encontró una forma bastante diferente de utilizarlo.

Al combinar agar con zinc y ácido tánico, un compuesto presente de manera natural en plantas y alimentos como el té y las uvas, los componentes se organizan espontáneamente formando diminutas micropartículas.

El resultado es una suspensión en la que puede sumergirse la fruta. Después del secado aparece sobre su superficie una película extremadamente fina, transparente y comestible.

A simple vista, prácticamente desaparece.

Esa discreta capa cambia, sin embargo, la relación de la fruta con su entorno. Actúa como una barrera que limita algunos de los procesos responsables de que fresas y otros productos frescos pierdan rápidamente calidad después de la cosecha.

El verdadero enemigo de una fresa recién recolectada

Las fresas reúnen varias características que complican enormemente su conservación. Tienen un elevado contenido de agua, una piel delicada y una gran sensibilidad al crecimiento de microorganismos.

Después de la cosecha siguen respirando y perdiendo humedad. Esa pérdida de agua reduce su peso, altera la textura y termina dejando la fruta blanda y poco atractiva.

Al mismo tiempo, cualquier pequeña lesión superficial puede facilitar el desarrollo de hongos.

La refrigeración ralentiza estos procesos, aunque introduce otra necesidad: mantener temperaturas bajas de manera prácticamente continua desde el productor hasta el consumidor.

Ahí entra en juego el nuevo recubrimiento.

Cuatro días fuera del frigorífico con una diferencia considerable

Durante los experimentos, las fresas recubiertas y mantenidas a temperatura ambiente conservaron sus características durante al menos cuatro días.

Las fresas equivalentes sin recubrimiento comenzaron a mostrar moho aproximadamente a los dos días.

La diferencia no apareció únicamente en el aspecto exterior.

Las fresas tratadas perdieron menos de la mitad de agua que las muestras sin recubrimiento y mantuvieron mejor su firmeza. También conservaron mayores cantidades de vitamina C y compuestos antioxidantes.

Al refrigerarlas, la protección aumentó todavía más: las fresas recubiertas permanecieron frescas durante al menos seis días.

Este detalle es importante. La tecnología no tiene por qué plantearse únicamente como alternativa al frigorífico. Recubrimiento y refrigeración pueden complementarse cuando el producto necesita recorrer grandes distancias o permanecer almacenado durante más tiempo.

No funciona únicamente con fresas

Los investigadores probaron la formulación en otros alimentos para comprobar si el efecto estaba limitado a una fruta concreta.

Las uvas tratadas mostraron mejoras durante un periodo de hasta 14 días, mientras que las rodajas de manzana presentaron beneficios durante aproximadamente 24 horas.

Son productos muy diferentes entre sí, algo que abre una vía interesante.

Una manzana cortada necesita protección frente a procesos distintos de los que afectan a una fresa entera. Las uvas, por su parte, presentan otra superficie y otro comportamiento poscosecha.

Que una misma estrategia muestre resultados en los tres casos sugiere que podría existir margen para desarrollar formulaciones adaptadas a diferentes frutas y hortalizas.

Una protección que también dificulta el crecimiento bacteriano

La función de la película no se limita a reducir la pérdida de humedad.

Los ensayos también detectaron actividad antibacteriana, una propiedad especialmente interesante para productos frescos que pasan por numerosas etapas de manipulación antes de llegar al consumidor.

El equipo evaluó además su posible toxicidad utilizando células intestinales humanas y no encontró señales de toxicidad en las condiciones estudiadas.

Eso no significa que el salto al supermercado esté completado. Antes de una utilización comercial a gran escala serán necesarios estudios adicionales relacionados con seguridad alimentaria, estabilidad, fabricación industrial y requisitos regulatorios.

Existe además una característica práctica: aunque el recubrimiento está concebido para ser comestible, una gran parte puede eliminarse lavando la fruta bajo agua del grifo durante unos dos minutos.

La cadena de frío tiene un coste energético que rara vez se ve

Un consumidor abre el frigorífico y coloca dentro una bandeja de fresas. Parece un gesto sencillo.

A escala industrial, la historia es bastante diferente.

Los alimentos perecederos pueden pasar por cámaras frigoríficas, centros logísticos refrigerados, camiones isotermos, almacenes y expositores comerciales antes de llegar a casa.

Toda esa infraestructura consume electricidad y utiliza equipos frigoríficos cuyo impacto climático depende tanto de la energía utilizada como de los refrigerantes y de posibles fugas durante su vida útil.

Además, la cadena debe mantenerse prácticamente sin interrupciones. Una subida de temperatura durante transporte o almacenamiento puede acelerar el deterioro de determinados productos.

Un recubrimiento capaz de hacer que la fruta tolere mejor esas variaciones podría actuar como una especie de protección adicional frente a pequeñas interrupciones o condiciones de conservación menos favorables.

Especialmente interesante en regiones donde disponer de refrigeración continua sigue siendo caro o complicado.

Menos frío no significa eliminar los frigoríficos

Conviene evitar una interpretación demasiado optimista.

El estudio no demuestra que esta tecnología pueda reemplazar de manera general la refrigeración de frutas y verduras.

La cadena de frío continuará siendo imprescindible para numerosos productos y destinos comerciales. Además, los resultados obtenidos en condiciones experimentales deben comprobarse posteriormente en almacenes, líneas de envasado, camiones y supermercados reales.

El escenario más razonable es híbrido.

Una fruta protegida podría requerir menos intensidad de refrigeración en determinadas etapas, soportar mejor pequeñas variaciones térmicas o disponer de más tiempo antes de convertirse en desperdicio.

Incluso ganar uno o dos días útiles puede resultar relevante cuando se manejan toneladas de producto.

Un 14 % menos de huella de carbono frente a refrigeración convencional

El equipo realizó además un análisis de ciclo de vida para estudiar si fabricar y aplicar el recubrimiento compensa ambientalmente.

Según ese análisis, la solución presentó una huella de carbono un 14 % inferior respecto al escenario convencional de refrigeración utilizado como referencia.

La reducción de la ecotoxicidad de agua dulce alcanzó aproximadamente el 85 %.

Buena parte de la ventaja procede de reducir el consumo energético y el impacto asociado a los sistemas frigoríficos.

Estas cifras deben interpretarse dentro de los límites del propio análisis. El resultado ambiental final dependerá de factores como la electricidad utilizada, las distancias de transporte, el alimento protegido, la duración necesaria del almacenamiento y la escala de fabricación del recubrimiento.

Aun así, introducen una idea potente: conservar alimentos durante más tiempo no tiene por qué significar automáticamente consumir más energía.

El desperdicio alimentario convierte la conservación en un problema climático

La dimensión del problema explica el interés creciente por estas tecnologías.

En Canadá, el estudio contextualiza el desarrollo dentro de un sistema donde se pierde o desperdicia una enorme cantidad de alimentos, con un coste económico estimado cercano a 58.000 millones de dólares canadienses anuales.

El problema, evidentemente, no termina en Canadá.

A escala mundial, reducir las pérdidas y el desperdicio alimentario se considera una de las medidas relevantes para disminuir la presión ambiental del sistema alimentario.

Producir alimentos que finalmente nadie consume obliga a utilizar terrenos agrícolas, agua y energía para nada. También genera emisiones durante producción, procesado, transporte y almacenamiento.

Después aparece un último problema: gestionar el residuo.

Cuando materia orgánica termina en determinadas condiciones de vertedero puede producir metano, un gas de efecto invernadero con una elevada capacidad de calentamiento.

Por eso prolongar la vida útil de una fresa puede parecer una intervención pequeña. Multiplicada por millones de toneladas de frutas y hortalizas, ya no lo es tanto.

De un reactivo de laboratorio a ingredientes disponibles comercialmente

Uno de los obstáculos habituales en nuevos materiales alimentarios aparece cuando una tecnología funciona utilizando reactivos altamente purificados y caros, pero pierde eficacia al pasar a ingredientes industriales.

Los investigadores realizaron una prueba importante en este sentido.

Sustituyeron el agar de laboratorio por agar comercial de calidad alimentaria.

El comportamiento se mantuvo: las fresas tratadas continuaron perdiendo menos humedad y deteriorándose más lentamente.

Es un paso relevante porque acerca la formulación a materiales que ya existen dentro de las cadenas comerciales de suministro alimentario.

No resuelve todavía la fabricación industrial. Sí elimina una incógnita importante.

El siguiente desafío está en aplicar millones de recubrimientos

En un laboratorio resulta relativamente sencillo sumergir unas cuantas fresas en una solución.

Una planta de procesado necesita hacer algo muy distinto: tratar miles de kilogramos de fruta manteniendo velocidad, uniformidad, higiene y costes competitivos.

La futura viabilidad dependerá de cuestiones bastante prácticas.

Habrá que determinar cuánta formulación necesita cada kilogramo de producto, cuánto tarda realmente en secarse dentro de una línea industrial, cómo se recupera el exceso de solución y qué ocurre cuando la fruta llega mojada, fría o con pequeñas lesiones.

También será necesario comprobar si el tratamiento modifica aspectos decisivos para el consumidor como aroma, textura, sabor o apariencia después de varios días.

Ahí suele estar la frontera entre un material interesante y una tecnología comercial.

También podría cambiar la logística de frutas muy delicadas

Las consecuencias potenciales van más allá del supermercado.

Los productores de frutas perecederas trabajan con ventanas temporales extremadamente estrechas. Cada hora después de la cosecha cuenta.

Una protección adicional podría proporcionar mayor flexibilidad para clasificar, empaquetar y transportar la producción, reduciendo la presión por llevar inmediatamente toda la mercancía a refrigeración.

En determinadas regiones agrícolas podría resultar especialmente útil cuando la infraestructura frigorífica se encuentra lejos de las explotaciones.

También podría facilitar la comercialización de producto local que actualmente se descarta rápidamente por pequeñas pérdidas de firmeza o apariencia.

No todo tiene que recorrer medio mundo para que la innovación resulte útil.

Las algas entran en la carrera por los materiales alimentarios

El agar pertenece a una familia mucho más amplia de materiales derivados de biomasa marina que están despertando interés en sectores como alimentación, envases, agricultura y biotecnología.

Las algas presentan una ventaja interesante: no necesitan suelo agrícola convencional para crecer y determinadas especies pueden cultivarse sin agua dulce.

Eso no convierte automáticamente cualquier producto derivado de algas en sostenible.

La expansión de su utilización tendrá que acompañarse de cultivos marinos bien gestionados, trazabilidad y control de los impactos sobre ecosistemas costeros. Trasladar presión ambiental desde tierra firme hacia el océano sería un mal intercambio.

La sostenibilidad del recubrimiento dependerá también de cómo se produzca y procese el agar utilizado.

Una tecnología sencilla para un problema enorme

Hay cierta elegancia en la propuesta.

En lugar de construir una máquina más potente para controlar el entorno de la fruta, la estrategia consiste en modificar temporalmente la superficie del propio alimento.

Una película casi invisible hace parte del trabajo.

Esa filosofía podría resultar particularmente valiosa en un sistema alimentario que necesita simultáneamente reducir desperdicios, consumir menos energía y conservar productos frescos durante cadenas logísticas cada vez más complejas.

El equipo de la Universidad de Columbia Británica continúa probando el recubrimiento con otras frutas y hortalizas y estudiando cómo llevar el proceso a escalas mayores.

Los siguientes pasos serán decisivos. Funcionamiento industrial, seguridad alimentaria, coste por unidad tratada y aceptación del consumidor determinarán si el descubrimiento permanece en el laboratorio o termina integrado en una línea de procesado.

Más información: Ivy Chiu et al, Self-Assembled Metal–Phenolic–Agar Microparticle-Derived Coatings Enable Scalable and Sustainable Fresh Produce Preservation, Journal of Agricultural and Food Chemistry (2026). DOI: 10.1021/acs.jafc.6c06531

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Publicado en: Tecnología verde

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