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Investigadores griegos convierten residuos cerveceros en biochar que elimina el 94,1% de E. coli en filtros de arena

11 agosto, 2026 Deja un comentario

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Investigadores de la Universidad de Patras han transformado las raicillas residuales de la malta, un subproducto de la industria cervecera, en biochar para mejorar filtros de arena. En laboratorio, una mezcla con un 10 % de biochar retuvo el 94,1 % de las células de E. coli, frente a solo el 17,8 % conseguido por la arena sin modificar.

  • 🍺 Residuo del malteado convertido en material filtrante.
  • 🦠 Hasta un 94,1% de E. coli retenida.
  • 🏖️ Arena sin tratar: apenas 17,8% de eliminación.
  • 🔥 Biochar obtenido mediante pirólisis a 850 °C.
  • 🔬 Superficie específica cercana a 290 m² por gramo.
  • 💧 Posible aplicación en filtros, suelos arenosos y protección de aguas subterráneas.
  • ♻️ Doble oportunidad: valorizar residuos y reducir contaminación microbiológica.

¿Por qué importa?

La contaminación microbiológica del agua continúa siendo uno de los problemas más difíciles de controlar allí donde las aguas residuales, la agricultura o los sistemas de saneamiento pueden introducir microorganismos patógenos en el suelo. Una investigación de la Universidad de Patras, en Grecia, plantea una vía bastante ingeniosa: aprovechar un residuo de la producción de malta para fabricar un biochar capaz de incrementar enormemente la retención de bacterias en arena.

En laboratorio, una mezcla de arena con un 10% en peso de este biochar retuvo el 94,1% de las células de Escherichia coli, frente al 17,8% conseguido únicamente con arena.

La propuesta tiene además un componente de economía circular especialmente interesante. El material utilizado no procede de biomasa cultivada expresamente para fabricar carbón vegetal. Se obtiene de un subproducto que ya genera la industria cervecera.

De fabricar cerveza a intentar proteger el agua subterránea

Antes de que la cerveza llegue a una botella hay toda una cadena industrial detrás. Una de sus primeras etapas es el malteado de la cebada, durante el cual el grano germina de manera controlada. Después se eliminan las pequeñas raíces desarrolladas durante la germinación.

Estas raicillas de malta agotadas, conocidas como malt spent rootlets, constituyen un subproducto del proceso.

El equipo investigador de la Universidad de Patras estudió qué ocurría al transformarlas mediante pirólisis, calentándolas a 850 °C en condiciones de oxígeno limitado.

El resultado fue un biochar rico en carbono denominado MSRB, por las siglas en inglés de malt spent rootlets biochar.

No se trata simplemente de carbón triturado.

El tratamiento térmico genera una estructura irregular y extraordinariamente porosa. El material analizado alcanzó aproximadamente 290 m² de superficie específica por cada gramo.

Para hacerse una idea de lo que significa: una cantidad muy pequeña de material puede ofrecer una enorme superficie microscópica donde pueden producirse interacciones con contaminantes y microorganismos.

Y ahí está buena parte de la clave.

El experimento que cambió el comportamiento de la arena

El estudio, publicado en la revista científica Biochar, utilizó la cepa E. coli CN-13 como microorganismo modelo.

Los investigadores realizaron primero ensayos de adsorción en los que mezclaron suspensiones bacterianas con el biochar bajo condiciones químicas controladas. Así pudieron observar la velocidad con la que las bacterias abandonaban el agua y quedaban asociadas al material.

Después realizaron una prueba bastante más cercana al funcionamiento de un filtro.

Prepararon columnas con arena de cuarzo saturada de agua y añadieron diferentes cantidades de biochar. A continuación hicieron circular agua contaminada con E. coli a través del material.

La diferencia fue considerable.

La arena sin modificar eliminó únicamente el 17,8% de las células bacterianas. Cuando la proporción de biochar alcanzó el 10% en peso, la eliminación llegó al 94,1%.

No representa todavía un sistema comercial de potabilización, pero demuestra que introducir este residuo carbonizado puede transformar radicalmente el comportamiento de un medio arenoso.

No funciona únicamente como una barrera física

Uno de los resultados más interesantes está en cómo quedaron atrapadas las bacterias.

En la arena convencional y en las mezclas con un 5% de biochar, predominó un fenómeno denominado retención física o straining.

Es relativamente intuitivo. Las bacterias circulan entre los granos y algunas terminan atrapadas en espacios demasiado estrechos para continuar avanzando.

Con un 10% de biochar, el mecanismo dominante cambió.

Los modelos utilizados por los investigadores indicaron que comenzó a prevalecer la adhesión directa e irreversible de las bacterias al medio filtrante.

Es una diferencia importante.

El biochar no estaría actuando únicamente como un material que reduce los huecos disponibles entre los granos. Su superficie porosa y químicamente activa proporciona puntos a los que las células bacterianas pueden adherirse.

La arena pasa, en cierta manera, de comportarse como un simple tamiz microscópico a convertirse en un medio filtrante activo.

La química del agua puede cambiar el resultado

El rendimiento tampoco es constante en cualquier tipo de agua.

Las células bacterianas presentan normalmente una carga superficial neta negativa, mientras que el biochar estudiado mostraba bajo las condiciones experimentales una superficie comparativamente positiva. Esa diferencia favorece la atracción electrostática.

Pero cuando los investigadores elevaron la concentración de cloruro de potasio desde 1 hasta 150 mmol/l, la adsorción bacteriana disminuyó.

La explicación propuesta es el apantallamiento electrostático: una mayor presencia de iones disueltos reduce la intensidad con la que las cargas eléctricas de ambas superficies interactúan.

Este detalle es relevante para cualquier aplicación futura. El comportamiento de un filtro puede variar notablemente entre agua dulce, aguas residuales, escorrentías agrícolas o aguas con elevada mineralización.

No basta, por tanto, con saber cuánto biochar añadir. También habrá que conocer qué agua va a atravesarlo.

Una segunda vida para un residuo agroindustrial

La investigación encaja en una tendencia cada vez más interesante dentro de la economía circular: convertir residuos orgánicos en materiales funcionales de alto valor añadido.

Los biochars ya se investigan para usos muy distintos, desde la mejora de determinados suelos hasta la inmovilización de metales, nutrientes y contaminantes orgánicos.

Utilizar residuos del malteado añade otro elemento.

La materia prima ya existe como consecuencia de una actividad industrial. No requiere dedicar nuevas superficies agrícolas a producir biomasa específicamente para fabricar el material.

La cadena sería relativamente sencilla: residuo agroindustrial → pirólisis → biochar → material para tratamiento ambiental.

Ese enfoque puede resultar especialmente atractivo cerca de malterías y fábricas de cerveza, donde una corriente residual localizada podría transformarse en materia prima para aplicaciones ambientales cercanas.

La logística importa. Transportar residuos voluminosos durante cientos de kilómetros puede deteriorar rápidamente el balance económico y ambiental de cualquier solución circular.

No debe confundirse retener bacterias con potabilizar agua

Aquí aparece una distinción importante.

Una reducción del 94,1% parece enorme, pero equivale aproximadamente a una reducción de 1,2 logaritmos en concentración bacteriana. Los procesos destinados a producir agua potable segura suelen necesitar barreras múltiples y niveles de control microbiológico mucho más exigentes.

Además, capturar E. coli no significa necesariamente destruirla.

Precisamente por ello, los investigadores diferenciaron durante los experimentos la adsorción al biochar de la pérdida natural de viabilidad de las bacterias.

En una aplicación real habría que determinar cuánto tiempo permanecen viables los microorganismos retenidos, si pueden desprenderse posteriormente y cómo gestionar el material una vez utilizado.

Por esta razón, la aplicación más razonable del biochar no sería considerarlo un sustituto inmediato de la desinfección mediante UV, ozono, cloración u otros tratamientos, especialmente cuando el destino final es agua potable.

Su utilidad podría estar en otra parte: actuar como barrera adicional capaz de reducir la carga bacteriana antes de otras etapas de tratamiento o disminuir la movilidad de microorganismos en determinados suelos.

Dónde podría tener más sentido utilizarlo

El resultado abre varias líneas de aplicación potencial.

Una sería desarrollar filtros granulares de arena y biochar para tratamientos previos de aguas contaminadas. Otra, incorporar el material en determinadas barreras destinadas a interceptar flujos antes de alcanzar aguas subterráneas.

También podría investigarse su comportamiento en sistemas descentralizados de tratamiento, donde las soluciones extremadamente complejas o con elevados costes operativos resultan difíciles de mantener.

Hay incluso una conexión interesante con los filtros de arena tradicionales utilizados en tratamiento de agua. Añadir una fracción cuidadosamente diseñada de biochar podría proporcionar propiedades de adsorción que la arena por sí misma no posee.

Eso sí, trasladar el experimento a estos escenarios exige bastante trabajo adicional.

Del laboratorio al terreno queda un trecho importante

Los propios resultados deben interpretarse como una prueba de concepto, no como una tecnología lista para desplegarse.

Las columnas experimentales utilizaron arena de cuarzo esterilizada y condiciones químicas controladas. Un suelo real contiene arcillas, materia orgánica, minerales, hongos, bacterias, nutrientes y sustancias disueltas que compiten por las superficies disponibles.

También se estudió una única cepa de E. coli.

Falta comprobar qué sucede con otros microorganismos y, sobre todo, con mezclas microbianas reales.

Otro asunto crítico será el atasco del medio filtrante. Un material capaz de retener partículas y microorganismos puede perder permeabilidad progresivamente. Si el agua deja de circular correctamente, una gran capacidad de adsorción sirve de poco.

También deberá determinarse cuánto dura el biochar, cuándo empieza a saturarse, cómo responde a cambios bruscos de caudal y si las bacterias retenidas pueden volver a movilizarse.

Y después aparece una pregunta muy práctica: ¿qué se hace con el biochar contaminado?

Antes de hablar de implantaciones comerciales habrá que resolver su regeneración, tratamiento o eliminación segura.

El 10% parece ser algo más que una cifra

La diferencia observada entre las mezclas con menor contenido de biochar y las que alcanzaban el 10% en peso ofrece una pista particularmente útil.

No parece producirse únicamente una mejora gradual de la filtración. Los modelos apuntan a un cambio en el mecanismo dominante de retención.

A concentraciones inferiores, la geometría de los poros desempeñaba un papel mayor. Al alcanzar el 10%, la adhesión directa adquiría protagonismo.

Esto abre una línea de investigación interesante: determinar cuál es la cantidad mínima de biochar necesaria para conseguir ese comportamiento en distintos materiales.

Añadir más material no siempre será mejor. Aumentaría costes, podría reducir excesivamente la permeabilidad y modificar otras propiedades hidráulicas.

El objetivo real será encontrar el punto de equilibrio entre captura bacteriana, caudal, estabilidad y coste.

Potencial

El valor de esta investigación está menos en imaginar un nuevo filtro milagroso y más en conectar dos problemas que normalmente se gestionan por separado.

Por un lado, la industria agroalimentaria genera grandes cantidades de residuos orgánicos. Por otro, proteger los recursos hídricos exige materiales filtrantes eficaces, accesibles y con una huella ambiental razonable.

Convertir determinados residuos de maltería en biochar funcional podría acercar ambos mundos.

La opción más prometedora sería avanzar hacia modelos locales: residuos procedentes de industrias cercanas, transformación mediante procesos energéticamente eficientes y utilización del biochar en sistemas de tratamiento o protección ambiental de la misma región.

También existe margen para diseñar biochars específicamente orientados a determinados contaminantes. Cambiar la temperatura de pirólisis, la materia prima o las características superficiales permite obtener materiales con comportamientos diferentes. El residuo dejaría así de considerarse simplemente biomasa carbonizada y pasaría a diseñarse como material ambiental especializado.

El siguiente paso deberá ser bastante terrenal: ensayos con aguas reales, diferentes microorganismos, ciclos prolongados de funcionamiento y análisis completos de coste y ciclo de vida.

Si esos resultados confirman lo observado en laboratorio, un residuo discreto de la producción de cerveza podría terminar desempeñando una función inesperada: ayudar a frenar el transporte de contaminación microbiológica y proteger recursos hídricos utilizando una materia prima que ya estaba disponible.

La utilización de raicillas residuales de malta para fabricar biochar no es una línea completamente nueva en la Universidad de Patras. Sus investigadores llevan más de una década estudiando este residuo como materia prima para materiales funcionales. Trabajos anteriores han analizado su capacidad para adsorber mercurio, su comportamiento como material adsorbente, la posible toxicidad de sus lixiviados y su utilización en procesos de eliminación de contaminantes farmacéuticos. Más recientemente, el mismo tipo de residuo carbonizado se ha investigado incluso como material para electrodos de baterías zinc-aire. La captura de E. coli amplía ahora ese recorrido hacia el control de la contaminación microbiológica del agua.

Más información: Sorption and transport of Escherichia coli CN-13 in saturated sand columns amended with biochar derived from malt spent rootlets

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