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Nuevo estudio descubre por qué los árboles no crecen más rápido pese al aumento de CO2: el agua es la clave

19 enero, 2026 1 comentario

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Imagen: Olegkalina – Depositphotos.

Investigadores de Duke y Wuhan descubren cómo la falta de agua limita el crecimiento forestal bajo altos niveles de CO₂.

  • 🌬️ Más CO₂ no garantiza más crecimiento: aunque los árboles necesitan CO₂, los datos reales muestran aumentos mínimos o nulos en su crecimiento.
  • 💧 El agua es la clave oculta: el estudio demuestra que no basta con mirar el carbono; la disponibilidad de agua cambia todo.
  • 🌡️ Aire más caliente y seco = menos crecimiento: cuando el aire tiene mayor “sed” (déficit de presión de vapor), los árboles cierran sus estomas para no perder agua.
  • 🍃 Estomas como válvulas: si se cierran para conservar agua, también reducen la entrada de CO₂, frenando el crecimiento.
  • 🔬 Modelo innovador: los investigadores crearon un modelo que optimiza la “decisión” diaria del árbol entre captar carbono o conservar agua.
  • 🌧️ La humedad marca la diferencia: en ambientes húmedos, los árboles pueden mantener estomas abiertos más tiempo y crecer más.
  • 🌍 Resultados globales: los bosques del mundo muestran respuestas muy diversas; el nuevo modelo explica esas diferencias.
  • ⚠️ Conclusión: el efecto “fertilizante” del CO₂ depende totalmente del equilibrio entre carbono disponible y estrés hídrico.
  • 🌱 Implicación climática: no podemos asumir que los bosques absorberán más carbono automáticamente; proteger su acceso al agua es esencial.

Por qué los árboles no crecen más rápido cuando sube el CO₂

Las plantas absorben dióxido de carbono y agua, utilizan la energía del sol para fabricar azúcares y liberan oxígeno. La idea parece simple: si el aire contiene más CO₂, los bosques deberían crecer más deprisa, almacenar más carbono y ayudar a enfriar el planeta. Una lógica tentadora, repetida durante décadas en discursos climáticos y modelos simplificados.

Pero los datos reales, tomados durante años en bosques vivos, cuentan otra historia. A medida que el CO₂ atmosférico ha ido aumentando, el crecimiento de los árboles y su capacidad para retener carbono a largo plazo ha oscilado entre un ligero aumento, una meseta incómoda o, en algunos lugares, incluso una caída. Un mosaico difícil de encajar si solo se mira el carbono.

Lo que deja a los científicos con una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿cuánto de ese comportamiento irregular se explica por el CO₂ y cuánto por todo lo demás que ocurre alrededor del árbol?

Una nueva forma de mirar el problema

Un equipo de investigación de la Universidad de Duke y la Universidad de Wuhan ha propuesto una respuesta que desplaza el foco. Para entender el crecimiento de los bosques no basta con seguir el rastro del carbono. Hay que seguir también el del agua.

Su planteamiento trata la “decisión diaria” de un árbol como un problema de optimización: abrir los poros de las hojas para captar CO₂ o cerrarlos para conservar agua. Un enfoque tomado prestado de la ingeniería, pero aplicado a un organismo vivo que lleva millones de años afinando ese equilibrio.

El resultado es un modelo que reproduce con bastante fidelidad décadas de observaciones en el campo. Y, sobre todo, explica por qué los bosques no aceleran su crecimiento al mismo ritmo que sube el CO₂ en la atmósfera.

Experimentos largos, respuestas poco cómodas

Las pruebas más sólidas no vienen de laboratorios de unos días, sino de experimentos de campo que han durado años. En Carolina del Norte, una parcela de bosque estuvo expuesta durante 16 años a niveles elevados de CO₂. En Suiza, cerca de Zúrich, otro equipo modificó la humedad del aire alrededor de los árboles.

En ambos casos se midió casi todo: crecimiento, absorción de carbono, fisiología de las hojas, temperatura, humedad, suelo. Los resultados no fueron los que muchos esperaban. Los árboles no capturaron tanto carbono extra como predecían los modelos más simples. La sorpresa no fue tanto el “cuánto”, sino el “por qué”.

Estomas: las válvulas que lo deciden todo

La clave está en los estomas, esos poros microscópicos en las hojas que funcionan como válvulas. Por ellos entra el CO₂, pero también se escapa vapor de agua. Cada vez que un estoma se abre, el árbol gana carbono y pierde agua.

En un aire más rico en CO₂, los estomas pueden abrirse menos y aun así captar suficiente carbono. En teoría, eso mejora la eficiencia en el uso del agua y debería favorecer el crecimiento.

El problema aparece cuando el aire es más caliente y seco. En esas condiciones, la evaporación se dispara. Si los estomas permanecen abiertos, el árbol puede perder agua demasiado rápido. Para proteger su “sistema de tuberías” interno, el xilema que transporta el agua desde las raíces hasta la copa, el árbol cierra los poros. Y al cerrarlos, también reduce la entrada de carbono.

Es una tensión constante, invisible, que recorre desde el suelo hasta la última hoja. Si se rompe, el árbol no crece menos. Simplemente, no sobrevive.

Convertir fisiología en ecuaciones

El equipo transformó ese equilibrio biológico en un modelo matemático: maximizar la ganancia de carbono sin superar un umbral seguro de pérdida de agua. Para ajustarlo, utilizaron datos muy detallados de los experimentos de Duke y Zúrich.

En algunas pruebas, hojas individuales se encerraban en cámaras donde se controlaban con precisión la temperatura, la humedad y el CO₂, mientras se observaba en tiempo real cómo reaccionaban los estomas.

Al proyectar el modelo hacia adelante, ocurrió algo interesante. Reprodujo la débil respuesta al CO₂ extra en el bosque de Carolina del Norte y, al mismo tiempo, captó el efecto de la humedad en Suiza: en un aire más húmedo, los estomas podían mantenerse abiertos más tiempo sin poner en riesgo la hidráulica del árbol, permitiendo una mayor entrada de carbono.

CO₂ importa, sí. Pero la “sed” de la atmósfera importa tanto como él.

Registros globales, patrones menos misteriosos

Con esa base, los investigadores revisaron estudios de bosques tropicales que abarcan más de 50 años. Los resultados eran caóticos a primera vista: algunas zonas se volvían más verdes, otras no cambiaban, otras parecían ralentizarse.

Bajo el nuevo marco, muchas de esas contradicciones encajan mejor. En regiones donde aumentaron el calor y el déficit de presión de vapor —la capacidad del aire para “chupar” agua— los árboles cerraron más a menudo sus estomas. El posible impulso del CO₂ quedó neutralizado.

Donde la humedad amortiguó el estrés térmico, el crecimiento adicional fue más probable. No se trata de un interruptor universal, sino de un balance local entre suministro de carbono y demanda de agua.

Más allá de una sola palanca

Este enfoque no pretende explicarlo todo. El crecimiento de un bosque también depende de los nutrientes del suelo, la profundidad de las raíces, la mezcla de especies, las plagas, la edad del arbolado o incluso de cambios en la duración de las estaciones.

Lo que sí aporta es una pieza grande y difícil del puzle: la conexión directa entre la captación de CO₂ y la pérdida de agua en el nivel donde realmente se toman las “decisiones”, la hoja.

El siguiente paso es escalar esa lógica a modelos regionales y globales sin perder los matices que hacen que un bosque húmedo amazónico y una masa mediterránea reaccionen de forma tan distinta al mismo aumento de CO₂.

Qué impacto puede tener en el medio ambiente

Entender este mecanismo cambia la forma de mirar a los bosques como aliados climáticos. No basta con protegerlos para que sigan absorbiendo carbono. Hay que proteger también su acceso al agua y su capacidad para manejar el calor.

En la práctica, esto conecta con acciones muy concretas: restaurar suelos degradados para que retengan más humedad, conservar zonas de sombra y sotobosque que reduzcan la evaporación, evitar fragmentar los bosques en parches aislados que se calientan y secan con mayor facilidad.

También da argumentos a políticas de gestión forestal que prioricen la diversidad de especies. Un bosque con árboles que usan el agua de forma distinta es más resistente a olas de calor y sequías prolongadas. Menos uniforme, más vivo.

En regiones agrícolas, este tipo de conocimiento ya empieza a influir en proyectos de agroforestería, donde filas de árboles se integran en cultivos para moderar la temperatura del aire, reducir la evaporación del suelo y crear microclimas más estables. Un pequeño laboratorio a cielo abierto.

Más información: Increased efficiency of water use does not stimulate tree productivity | Nature Climate Change

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Publicado en: Medio Ambiente

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Comentarios

  1. Domingo Amador Momblan dice

    19 enero, 2026 a las 15:46

    Los arbustos absorben el co2?
    En las ciudades se suelen plantar Acacias i plataneros, el platanero tiene grandes raíces pero es un árbol duradero y resistente, absorve buena cantidad de co2? Más o igual que la acacia? Según informes opinan que el pino es el que más co2 absorve.
    Però los arbustos podrían suplir a los árboles donde no exista la suficiente tierra para raíces profundas.?

    Responder

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