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Un hallazgo inesperado permite frenar más de un 80% la propagación de escarcha en bombas de calor y sistemas de refrigeración

8 agosto, 2026 Deja un comentario

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Científicos de Illinois descubren una nueva forma de controlar la escarcha que podría mejorar desde frigoríficos hasta aviones.

  • ❄️ Hasta un 80 % menos de velocidad de propagación de la escarcha.
  • 💧 Gotas de agua que modifican la trayectoria del hielo.
  • 🌉 “Puentes de hielo” suspendidos sobre la superficie.
  • 📐 Umbral clave alrededor de los 105° de ángulo de contacto.
  • ⚡ Potencial para bombas de calor y refrigeración más eficientes.
  • 🧊 Menos acumulación de hielo y menos necesidad de desescarche.
  • 🔬 Fenómeno observado también en intercambiadores de calor de tamaño real.

Un mecanismo desconocido hasta ahora podría frenar la escarcha en bombas de calor y sistemas de refrigeración

¿Por qué importa?

La escarcha parece un problema menor hasta que aparece sobre un intercambiador de calor. Allí puede convertirse en una auténtica barrera térmica: reduce el paso del aire, dificulta el intercambio de calor y obliga al equipo a realizar ciclos de desescarche.

Una investigación de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign, publicada en mayo de 2026 en Nature Physics, ha descubierto que la escarcha no siempre se propaga como se pensaba. En determinadas superficies, los diminutos puentes de hielo responsables de extender la congelación crecen suspendidos en el aire en lugar de avanzar pegados al material.

Y ese pequeño cambio tridimensional tiene una consecuencia importante: el hielo crece más despacio. Los experimentos muestran una reducción superior al 80 % en la velocidad de propagación de la escarcha.

Si este principio puede trasladarse a superficies industriales duraderas y económicas, podría ayudar a desarrollar bombas de calor, cámaras frigoríficas e intercambiadores más eficientes en condiciones de frío y humedad.

Durante décadas se estaba observando la escarcha desde el ángulo equivocado

La formación de escarcha comienza a una escala difícil de apreciar a simple vista.

Cuando una superficie está suficientemente fría, el vapor de agua del aire puede condensarse formando pequeñas gotas líquidas sobre ella. Si esas gotas permanecen por debajo del punto de congelación sin solidificarse inmediatamente, quedan sobreenfriadas.

Basta con que una de ellas se congele para poner en marcha una especie de reacción en cadena.

Entre una gota congelada y otra todavía líquida pueden crecer diminutas estructuras de hielo. Estos “puentes de hielo” terminan alcanzando las gotas vecinas y desencadenando su congelación.

El proceso se repite.

Gota tras gota.

Así puede extenderse rápidamente una capa de escarcha por una superficie mucho mayor.

Durante años se asumió que esos puentes avanzaban fundamentalmente siguiendo la superficie sólida. Era una interpretación razonable porque buena parte de los experimentos se observaban desde arriba.

El equipo dirigido por el profesor Nenad Miljkovic, de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign, decidió mirar el fenómeno de otra manera.

Y apareció algo que había pasado desapercibido.

El hielo también puede construir “puentes” por el aire

Los investigadores utilizaron microscopía óptica de alta resolución combinada con una técnica de desplazamiento del plano focal que permitió reconstruir mejor la posición tridimensional de las estructuras.

Encontraron dos mecanismos diferentes de propagación.

En las superficies hidrofílicas, donde el agua tiende a extenderse y adherirse, los puentes de hielo se desarrollan próximos al material. Es el comportamiento que ya se esperaba.

En las superficies superhidrofóbicas, que repelen intensamente el agua, ocurre algo muy diferente.

Las gotas adoptan una forma más esférica y mantienen menor contacto con el material. En esas condiciones, los cristales pueden crecer por encima de la superficie, conectando una gota con otra mediante una estructura suspendida.

Una especie de minúsculo puente aéreo de hielo.

No es únicamente una curiosidad visual. Cambia la física de la congelación.

Los 105° que pueden cambiar la forma de propagarse de la escarcha

El equipo estudió materiales con diferentes grados de mojabilidad y encontró una transición relacionada con el ángulo de contacto aparente de las gotas de agua.

Cuando ese ángulo supera aproximadamente los 105°, la formación de puentes suspendidos empieza a dominar.

El ángulo de contacto indica, de forma simplificada, cuánto se extiende una gota sobre un material.

Una superficie muy mojable hace que la gota se aplane. Una superficie hidrofóbica hace que conserve una forma más redondeada.

Esa geometría determina cómo se distribuye el vapor de agua entre las gotas y dónde resulta más favorable que crezca el hielo.

Por tanto, la mojabilidad no afecta únicamente a la cantidad o separación de las gotas. Puede determinar la trayectoria tridimensional que seguirá la congelación.

Ese matiz cambia bastante la manera de plantear futuras superficies antihielo.

¿Por qué un puente suspendido crece más despacio?

Aquí está una de las partes más interesantes del descubrimiento.

Un puente de hielo que crece pegado a un material frío mantiene un fuerte acoplamiento térmico con la superficie. El sustrato facilita la extracción de calor y favorece las condiciones necesarias para que continúe el crecimiento del cristal.

Un puente suspendido tiene menos contacto térmico directo.

Al quedar parcialmente aislado del material frío, disminuye el gradiente de presión de vapor que impulsa su crecimiento.

Dicho de otra forma: al hielo le cuesta más avanzar.

Los experimentos realizados por el equipo muestran que esta diferencia puede traducirse en una reducción superior al 80 % de la velocidad de propagación de la escarcha sobre superficies superhidrofóbicas.

No significa que la escarcha desaparezca por completo.

Significa algo quizá más útil desde el punto de vista de la ingeniería: se gana tiempo antes de que cubra grandes zonas del intercambiador.

El problema real está en las bombas de calor y los equipos frigoríficos

La aplicación resulta especialmente interesante para las bombas de calor aerotérmicas.

Durante el invierno, el intercambiador exterior trabaja a temperaturas muy bajas. Cuando coincide aire húmedo con una superficie suficientemente fría, aparece escarcha sobre las aletas.

La capa de hielo dificulta progresivamente el flujo de aire y el intercambio térmico.

El sistema tiene entonces que eliminarla mediante un ciclo de desescarche. En muchos equipos reversibles, esto implica invertir temporalmente el funcionamiento para enviar calor hacia la unidad exterior.

Ese proceso funciona, pero tiene un coste energético y operativo. Durante esos minutos, parte de la energía disponible deja de utilizarse para climatizar el edificio.

Por eso reducir la velocidad a la que aparece y se extiende la escarcha podría permitir intervalos más largos entre desescarches.

Es especialmente relevante en climas fríos y húmedos, donde las condiciones favorables para la formación de hielo pueden repetirse durante muchas horas.

De una gota microscópica a un intercambiador de tamaño real

Uno de los puntos fuertes del trabajo es que los investigadores no se limitaron a estudiar gotas aisladas en pequeñas muestras de laboratorio.

El mecanismo se analizó en diferentes materiales y escalas y se extendió a intercambiadores comerciales de tubos y aletas, llegando a sistemas de escala métrica.

Las superficies que favorecían los puentes suspendidos consiguieron retrasar la formación de escarcha, ralentizar su propagación y prolongar el funcionamiento eficiente del intercambio térmico.

Ese salto de escala es importante.

Muchos recubrimientos antihielo producen resultados espectaculares sobre muestras de unos pocos centímetros y después encuentran dificultades cuando llegan al mundo real. Un intercambiador está expuesto a polvo, agua, ciclos térmicos, vibraciones, corrosión, limpieza y miles de horas de funcionamiento.

La cuestión industrial, por tanto, ya no consiste únicamente en demostrar que el fenómeno existe.

El siguiente paso será conseguir superficies superhidrofóbicas resistentes, económicas y fabricables a gran escala que mantengan sus propiedades durante años.

No se trata únicamente de hacer superficies que “repelan el agua”

El descubrimiento también puede cambiar la filosofía con la que se diseñan los recubrimientos antihielo.

Hasta ahora, buena parte del esfuerzo se ha centrado en impedir que las gotas se adhieran, retrasar la nucleación del hielo o facilitar que el hielo formado pueda desprenderse.

El trabajo de Illinois introduce otra posibilidad: controlar deliberadamente el camino por el que se propaga la congelación.

Una superficie podría no impedir completamente la aparición de hielo y, aun así, resultar útil si consigue que ese hielo se extienda mucho más despacio.

Esto abre la puerta a diseños donde la textura microscópica, la química superficial y la geometría de las gotas trabajen conjuntamente.

Ya no se trataría solamente de preguntar cuánto hielo se forma.

También importaría dónde crece, en qué dirección y con qué conexión térmica respecto al material.

También podría reducir mantenimiento y prolongar la vida de los equipos

Existe otra consecuencia que merece atención.

Cada ciclo de congelación y deshielo introduce cambios de temperatura, agua líquida y condiciones que pueden favorecer la degradación de determinados componentes.

Reducir la frecuencia con la que un equipo necesita eliminar el hielo podría, dependiendo del diseño final, disminuir parte de ese estrés operativo.

También podría reducir la cantidad de agua generada durante los desescarches y los problemas asociados a su evacuación y posterior recongelación.

No será igual en todos los equipos. La arquitectura del intercambiador, el clima, el refrigerante, el control electrónico y la velocidad del aire también condicionan el resultado.

Por eso sería prematuro traducir el 80 % de reducción en propagación de escarcha en un porcentaje equivalente de ahorro eléctrico. Son magnitudes diferentes.

El estudio demuestra con fuerza el mecanismo físico. El ahorro energético real tendrá que medirse en instalaciones funcionando durante temporadas completas.

Hay una carrera tecnológica para mejorar el funcionamiento con frío extremo

El hallazgo llega en un momento interesante.

La industria está desarrollando bombas de calor capaces de trabajar cada vez mejor a bajas temperaturas mediante compresores inverter, inyección de vapor, intercambiadores optimizados, mejores refrigerantes, controles electrónicos avanzados y algoritmos de desescarche más precisos.

Las superficies antihielo podrían convertirse en otra pieza de ese conjunto.

En lugar de depender exclusivamente del software para decidir cuándo eliminar la escarcha, el propio intercambiador podría estar diseñado para dificultar físicamente su propagación desde el primer momento.

La combinación resulta especialmente atractiva: materiales pasivos que retrasan el hielo y controles inteligentes que actúan únicamente cuando realmente hace falta.

Menos intervención. Más tiempo intercambiando calor.

El gran desafío: mantener la superhidrofobicidad durante años

Hay, eso sí, un obstáculo importante antes de pensar en bombas de calor domésticas cubiertas con estos materiales.

Las superficies superhidrofóbicas suelen depender de estructuras microscópicas o nanométricas y de tratamientos químicos que pueden deteriorarse.

Un intercambiador exterior no vive precisamente en un laboratorio.

Recibe lluvia, partículas, contaminación, insectos, radiación solar, ciclos térmicos y operaciones de limpieza. Las aletas metálicas, además, son finas y están sometidas a flujos de aire continuos.

Una solución comercial tendrá que mantener el ángulo de contacto necesario para favorecer los puentes suspendidos después de miles de ciclos de congelación y descongelación.

También deberá evitar tratamientos con sustancias problemáticas desde el punto de vista ambiental.

Ese aspecto será crucial. Mejorar la eficiencia energética utilizando recubrimientos persistentes o difíciles de reciclar podría trasladar parte del impacto ambiental de un lugar a otro.

La investigación de materiales duraderos, reparables y con química más segura será tan importante como el descubrimiento físico.

Más allá de las bombas de calor

El mecanismo podría tener interés en cualquier instalación donde la acumulación de hielo perjudique el funcionamiento.

Entre ellas aparecen sistemas frigoríficos, evaporadores industriales, transporte refrigerado, equipos aeronáuticos y determinados sistemas energéticos expuestos a ambientes fríos y húmedos.

No todas estas aplicaciones podrán utilizar exactamente el mismo recubrimiento.

Pero ahora existe algo que antes faltaba: una explicación tridimensional de cómo la mojabilidad puede alterar la propagación del hielo.

Eso permite diseñar materiales partiendo del mecanismo físico en lugar de limitarse a probar recubrimientos y comprobar posteriormente qué ocurre.

Potencial

El valor de este descubrimiento probablemente no estará en una espectacular superficie que nunca se congele. La opción más realista es más discreta: equipos que tarden más en cubrirse de escarcha y necesiten menos energía para seguir funcionando correctamente.

Aplicado a bombas de calor, podría reforzar una tecnología fundamental para sustituir calderas de combustibles fósiles, especialmente en regiones donde todavía existe preocupación por su rendimiento durante los episodios de frío intenso.

En refrigeración comercial e industrial, superficies optimizadas podrían reducir parte del consumo asociado al desescarche. Y combinadas con sensores, controles predictivos y diseños de intercambiadores más eficientes, permitirían atacar el problema desde varios frentes.

También existe una oportunidad para incorporar estos principios directamente durante la fabricación de las aletas, evitando tratamientos posteriores complejos. Texturas obtenidas mediante procesos industriales, recubrimientos duraderos y materiales capaces de conservar su comportamiento hidrofóbico serían vías especialmente interesantes.

El siguiente salto tendrá que producirse fuera del microscopio: ensayos durante inviernos completos, superficies sometidas a suciedad y envejecimiento, análisis del coste de fabricación y mediciones rigurosas del consumo eléctrico.

Si esas pruebas confirman el potencial observado en laboratorio, una modificación casi invisible en la superficie de un intercambiador podría acabar teniendo consecuencias bastante grandes.

Menos escarcha. Menos desescarches. Más horas trabajando con buena eficiencia.

A veces una mejora energética empieza en una escala diminuta. En este caso, en el espacio que queda entre dos gotas de agua.

Vía The Grainger College of Engineering

Más información: Growth and control of suspended ice bridges during sessile droplet freezing | Nature Physics

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Publicado en: Eficiencia energética

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